Cómo nació el Sol
Hace aproximadamente 4.600 millones de años, el Sistema Solar todavía no existía. No había planetas, ni océanos, ni un cielo iluminado por el Sol como el que vemos hoy. En su lugar, solo había una inmensa nube de gas y polvo flotando en el espacio: la nebulosa solar.
Esta enorme nebulosa era mucho más grande que el Sistema Solar actual y estaba formada principalmente por hidrógeno y helio, los elementos más abundantes del universo. Entre el gas flotaban diminutas partículas de polvo cósmico. La temperatura era extremadamente baja, cercana a los -230 °C, por lo que aquella región del espacio era fría, oscura y aparentemente inmóvil.

En algún momento, la nebulosa comenzó a contraerse debido a su propia gravedad. Los científicos todavía no saben con certeza qué inició este proceso, aunque una de las hipótesis más aceptadas sugiere que pudo deberse a la onda de choque provocada por la explosión de una supernova cercana. Esa perturbación habría desestabilizado la nube y empujado lentamente el gas y el polvo hacia la región central.

A medida que el material se acumulaba en el centro, la presión y la temperatura aumentaban de forma drástica. Esa concentración creciente de materia dio origen al protosol, la fase inicial en la formación del Sol.
Con el paso del tiempo, las condiciones en el interior del protosol se volvieron extremas. La temperatura alcanzó valores tan elevados que comenzó la fusión nuclear. Los núcleos de hidrógeno empezaron a fusionarse para formar helio, liberando enormes cantidades de energía. En ese momento nació el Sol.

Mientras el protosol seguía formándose, el gas y el polvo restantes fueron organizándose en una estructura plana y giratoria a su alrededor: el disco protoplanetario. Dentro de este disco comenzarían a formarse los futuros planetas del Sistema Solar.

En el interior del disco protoplanetario, las microscópicas partículas de polvo y hielo chocaban constantemente entre sí. Algunas quedaban unidas tras las colisiones y, poco a poco, fueron formando cuerpos cada vez mayores llamados planetesimales.

Aunque los planetesimales apenas tenían unos pocos kilómetros de tamaño, ya poseían suficiente gravedad para atraer más material. Gracias a continuas colisiones y procesos de acreción, siguieron creciendo hasta convertirse en objetos mucho más grandes conocidos como protoplanetas, los primeros antecesores reales de los planetas actuales.

La posición de estos cuerpos dentro del Sistema Solar fue decisiva para su evolución. En las regiones más alejadas del Sol, donde las temperaturas eran mucho más bajas, los protoplanetas pudieron capturar enormes cantidades de gas y acabaron formando gigantes gaseosos como Júpiter y Saturno. En cambio, cerca del Sol las temperaturas eran demasiado altas para que el gas permaneciera estable. Por esta razón, los planetas interiores se transformaron en cuerpos más pequeños, densos y rocosos, como la Tierra.

Tras millones de años de colisiones, acreción e interacciones gravitatorias, el Sistema Solar fue adquiriendo gradualmente la estructura que conocemos en la actualidad. De aquella antigua nube de gas y polvo surgieron el Sol, los planetas, los océanos y, finalmente, las condiciones necesarias para la aparición de la vida.

